El brillo no viene por casualidad, sino que es un efecto físico. El cabello sano tiene una cutícula lisa, como si fuera una piña de abeto cerrada. La luz se refleja y el pelo tiene un aspecto suave y lleno de vida.
Sin embargo, cuando esta capa se abre, todo cambia: las pequeñas escamas de la cutícula capilar se levantan y la luz se dispersa en lugar de reflejarse. ¿El resultado? Un cabello apagado y sin brillo.
El pelo áspero va aún más allá: en este caso, lo que más le falta es hidratación. Las glándulas sebáceas de la cutícula no producen suficiente grasa para nutrir el cabello hasta las puntas. Esto les ocurre a los cabellos que tienen una predisposición natural a ponerse ásperos, aunque también existen estímulos mecánicos que hacen que el pelo se ponga así. Entre ellos se encuentra la coloración, la decoloración o el peinarse constantemente los rizos naturales (esto sucede a menudo porque las personas no conocen la estructura de su cabello).
El pelo no tiene por qué estar deteriorado, pero sí muy reseco: tiene un tacto áspero, es rebelde y tiene una mayor tendencia a la rotura y las puntas abiertas. En muchas ocasiones, esto se debe a una combinación de cuidado, peinado y agentes externos. El calor desempeña un papel fundamental El secador, la plancha y el rizador abren la cutícula del cabello y afectan a la queratina a largo plazo. Con la temperatura correcta, la cutícula del cabello se alisa. De este modo, el cabello puede tener temporalmente algo más de brillo al alisarlo. No obstante, a largo plazo, el exceso de calor o no usar un protector térmico pueden afectar negativamente al cabello. La hidratación desaparece y el cabello pierde elasticidad. Los tratamientos químicos como la decoloración, la coloración o la permanente potencian este efecto, ya que modifican profundamente la estructura del cabello y hacen más difícil que se vuelva a cerrar por completo la cutícula. El cuidado del cabello también puede convertirse en un problema:
lavarlo con demasiada frecuencia, con agua muy caliente o con un champú inadecuado elimina su película lipídica natural. Justamente esa película es la que se encarga de que el pelo se mantenga suave. Además se suman otros factores externos: la radiación UV, el agua salada, el aire seco o la cal del agua pueden depositarse en la superficie del cabello o resecarlo aún más. Por otro lado, las agresiones mecánicas se suelen subestimar: si se cepilla el pelo con demasiada intensidad o se frota muy fuerte con la toalla, la cutícula se abre. Y por último, el cuerpo también influye: los cambios hormonales o la falta de algunos nutrientes como la biotina, la vitamina D o el hierro pueden afectar visiblemente a la calidad del cabello.